La miras. Sus formas curvilíneas y rectilíneas te abruman. Y el contador... Oh, el contador. Te preguntas si realmente esos números sirven de algo si no es para avergonzarte.
Su color puro es una afrenta hacia tu persona. Ella, firme, apenas tiembla cuando te subes. ¿Aguantarás más de 15 minutos? Si no lo haces, la vergüenza te abrumará y volverás a dejarlo. Lo intentaré otro día. La próxima vez irá mejor. Ella no dice nada. Siempre calla. Incluso cuando estás encima, el único ruido que se escucha es tu respiración cada vez más forzada. Cambias los brazos de posición para hacerlo más llevadero. O placentero, depende de como lo mires.
Intentas ir más deprisa. Darle más fuerza a tus movimientos.
Y piensas en cuándo acabará el suplicio, y te marcas un tiempo. Y las posibilidades son varias... No puedo más. Lo dejo aquí. O la otra: Ya he alcanzado el tiempo... Intentaré aguantar cinco minutos más.
Y todo lo haces por cambiar, por verte mejor, por ser más apreciado. ¿Lo que importa es el interior? ¿Desde cuándo? Oh, sí, por supuesto que tus amigos te van a ver igual... Exhibirás orgulloso tu nuevo récord. Ellos te admirarán... O te dirán, yo hice más. Y tú, abochornado, intentarás ir más deprisa y aguantar más... Superarte a ti mismo, dices. Ser diferente.
Bienvenida de nuevo a mi vida, bicicleta elíptica.
