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Se oye cantar ♫


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Dandelion et Coquelicot, première étage

No hace falta que lo lean. Es simplemente esa persona que me falta en mi vida. Aquella que, o no existe, o no la he conocido todavía. Y sin embargo la echo de menos.
Nunca podría enamorarme de alguien como él.
No "te" quiero.
Pero "quiero". Que vengas a mi vida.

Tú, Dandelion.
Yo, Coquelicot.
Diente de león y amapola.

Que lleves pitillos por dentro de las nike. Que te tiñas el pelo de negro para acentuar tu palidez. Que te guste la música rara. Que fumes dos cigarrillos al día para tener un motivo por el que discutir. Que nos peleemos por llevar las converse que nos apetece a cada uno. Que tus ojos no sean negros. Negros no. Negros no negros no negros no, ni siquiera marrones oscuros. Lo que sea menos oscuros. Azules sería perfecto. Muy fríos. Hielo. Cristal. Las pecas me dan igual. Pero un lunar muy feo en alguna zona íntima no estaría mal. Que se te marque la columna vertebral, porque eso me da asco y así pueda gritarte que engordes cinco kilos. Que te cueste despertar porque tienes la tensión baja. Y quitarte la manta porque estoy harta de esperar para que te levantes y desayunar juntos. Una ducha pequeña en la que no deberían caber dos personas. Que vengas por detrás y me asustes. Que te guste podar plantas. Que te compraste una guitarra sin saber tocar y terminaras siendo el Jimi Hendrix de tu generación. Sabes cantar y dar los tonos, que es lo único que necesito, pero tu voz no es bonita. Rasgada, no llega ni alto ni bajo. Como Rubén, de Pereza. Un poco Santi Balmés. Un poco Bitter Sweet Symphony. Dos cicatrices de las que desconozca los motivos. Ir cambiando los discos pirateados por los originales. Que te compres cosas sólo porque te guste su aspecto exterior. Una reflex y tu nariz puntiaguda. Larga. Aguileña. Buitre. Nunca te tapas la boca al bostezar. Le tienes alergia al polvo. No sabes planchar pero limpias el baño. Eres un estúpido, y tienes el doble de ropa que yo. La ropa la compartimos, aunque te quejes del maxiestiramiento en la zona pectoral, obviamente por mi culpa. Mides dos centímetros menos que yo y no te gusta admitirlo. Que te tiñas el pelo de castaño bonito al menos una vez. Y otra de pelirrojo. Y vas a la peluquería mínimo una vez al mes, y tienes mil potingues de esos que yo no uso para la cara y el pelo, y dos planchas. Sentarnos en el mismo asiento del autobús, claro, así ocupamos menos, dices con inocencia, que inocente no eres pero un poco ingenuo sí. Grabarme por la calle. Cantar Placebo y tus ademanes lentos y apretados. Gritar. Gritar. Gritar. Gritar. Caernos al río porque me he tropezado. Que la maldita toalla nunca la dejes en el toallero. Que te guste el sushi y a mí no. Que te constipes cada dos por tres y me lo pegues. Una vespa. Unas gafas de aviador de esas que hay ahora en los maniquíes del Pull & Bear. Yo unas Ray-Ban, también aviador. Y muchas gafas horrendas que nos estropearán la vista, pero que son súper-divertidas. Que te comprases la colonia de Paco Rabanne porque el tío del anuncio estaba muy bueno. Las bufandas te quedan muy bien. Pero eres un pijo. Los cinturones no te quedan bien. Siete pendientes en total. Y dos tatuajes. Yo les tengo alergia a los pendientes pero tengo (tendré) un tatuaje en el tobillo y una futura línea de sauce en el brazo derecho. ¿Si yo me hago las flores del cerezo, tú cambiarás las hojas de sauce por hojas de cerezo?, me preguntaste. Seamos inversos, primavera, sucesión. Mil quinientos tatuajes. Algunos, con historias que nunca contaremos al otro. Acariciar a todos los gatos y perros que te encuentras por la calle, y luego que se te caía el pelo. ¡Qué gilipollas! Mascarilla para el pelo. Liso y suave. Que sonrías en las fotos. Me encanta. Sonrisas de verdad, ni falsas ni forzadas. De esas que solo tú sabes hacer. Pillarte sonándote porque acabas de pegarte una llorona. Tú también lloras en las pelis, en todas las que ves, como yo. Sombreros, sombreros y gorros. Tú Tom, yo... gorras. Eres un poco cabezona. Y tú un poco gilipollas. Oh dios. Te gustan las arañas y hasta las coges con la mano. ¡Qué asco! No me las acerques, maldito cabrón. No te gusta el alcohol, tú conduces. ¡Joder, era sal, no azúcar! No te gustan las flores de plástico. Que te sepas cada musiquilla estúpida que suena en la tele. Eres partidario del amor libre, como yo, pero nunca te has enamorado después de mí, de alguien más. Que juguetees con mi pelo mientras leo. A ti te gusta Paul Auster y a mí Haruki Murakami. No te gusta la piscina si no es climatizada. ¡Pijo, pijo, pijo! A mí no me gusta la playa. ¡Tonta, tonta, tonta! 347 comics. Te gastas el dinero en tontadas, como en tazas y cojines con fotos nuestras. Mira que eres estúpido... Pero me enternece. Robar el cartel que anunciaba el concierto de Love of Lesbian por la noche. Y correr por miedo a que nos pillasen, aunque no había nadie. Pintar de rojo los carteles que anunciaban corridas de toros. Vomité las uvas y tú escupiste el champagne de la risa, qué gilipollas. Que siempre suene música en casa. A ti no te gusta The New Raemon, bueno, a mí no me gusta Russian Red. Te aprendiste el baile de Pulp Fiction sólo por mí... Me encantas. Quítate los zapatos y déjalos en el zapatero, que para algo está, estúpido. Usas mi rexona Girl, que yo lo sé. Te depilas, Ohdiosmio, te depilas. Los vaqueros bien ajustados pero la camiseta una talla más grande de lo que debería. Te saco media talla de pie. Sabes andar con tacones... No te gustan los tangas. A mí tampoco. No te gusta el chocolate... ¿Estás loco? Oye, a ti no te gustan ni los polvorones, ni el mazapán ni el turrón, monina. Que no te gusten las series malas, sino las mismas que a mi. Películas de paranoias, ohsi. David Fincher y Hayao Miyazaki, qué mezcla tan bonita. Palomitas a montones y pepsi. Pepsiiiiiiiiiiii. Ponernos los móviles sincronizados y despertar con la misma canción... a la vez. Tienes un fotolog, pero no me quieres pasar la dirección... No nos caben los discos en casa y no quieres vender los que tenemos repetidos. Bailar descalzos es bailar. Sabemos coordinarnos a los pasos del otro. Eres tan fotogénico, cabrón. ¿Ah, y tú no? Qué imbécil... Qué gilipollas.
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No quedó nada

No quedó nada de nuestra amistad. Horas hablando, textos guardados, proyectos inacabados. Notas musicales desafinadas. Se fue diluyendo poco a poco, entre amores, estudios y nuevas amistades.
Colaboramos los dos a que se resquebrajara. No hubo lágrimas ni pena. Fue tan lento y a la vez tan rápido, que cuando nos quisimos dar cuenta, hablábamos una vez cada cinco meses y no cinco horas cada día.
Las personas te cambian. Vivíamos en ambientes distintos. Yo podía comprender el tuyo y tú el mío (al fin y al cabo, vivimos un mundo juntos), pero en cuanto empecé a desarrollar mi vida de la manera que he considerado adecuada, se agotó nuestro reloj de arena.
Algunas personas estuvieron en los momentos más difíciles que pasé (como tú), y otras estuvieron en los momentos felices.
No puedo echar de menos lo que tuvimos porque lo perdimos casi a propósito. Casi pareció que no queríamos vernos, que huíamos de manera precipitada cuando teníamos la oportunidad de tener breves encuentros.
Las conversaciones (si es que se las puede llamar así) no son lo que eran, ni lo serán. No hubo errores, ni broncas (sí por mi parte). Sólo una lenta separación.
Quizá fue mejor o quizá peor. No puedo pensar que fue tiempo perdido, porque en su época mereció la pena. Aquellas cosas que compartimos, fueron las que nos separaron.
Las cosas no volverán a ser iguales. Por mucho que la vida dé muchas vueltas, es algo que sientes entre la garganta y la parte central del esternón. Que nada volverá a ser lo mismo.
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¿Qué pasa, qué pasa?


Hoy pasa que mi amigo Carlos cumple 19 años. (Pincha en su nombre, pincha en su nombre)

Para los que no lo conozcan:
Creo que su manera de escribir dice mucho de él. Es un filosofón, que piensa mucho las cosas, o al menos dos veces. Tiene una paciencia inmensa, tan grande tan grande tan grande que me aguanta hasta a mí. Es de las mejores personas que conozco, simpático, educado, galán, etc etc.
Es como uno de esos caballeros de 1800. Seguro que es de los que se bajan antes del automóvil para abrirte la puerta, o te acompañan a casa para que no vayas sola.
Y tiene coche.
Pero claro, como todo hombre del mundo y la típica frase, o está pillado o es gay. Bueno, pues gay no es, a cambio tiene una chica estupenda por pareja: Ella se llama Natalia y tiene pinta de ser su media naranja. Hay pocos que lo consiguen, y yo no la conozco; pero parecen estar hechos el uno para el otro.
Espero que les vaya muy bien, estoy segura de que los dos se lo merecen.
Carlos tiene cosas malas, por supuesto: Nunca pregunta que "Qué tal", no suele iniciar conversaciones y te corta al teléfono. Y sus peinados... ¿Habéis visto el Club de los poetas muertos? Carlos les lleva a las peluqueras cada vez una foto de un personaje. Bueno, que el interior es lo que importa (tos, tos).
Es un gran estudiante, si no recuerdo mal su nota de bachillerato con selectividad fue un 9'2. Está haciendo 6º de grado medio en el conservatorio (piano) y primero de ingeniería industrial.
A veces le tengo un poco de envidia, ya que él es todo lo que yo no he conseguido ser.
Pero es imposible enfadarse con él (yo lo he conseguido, es una de mis grandes virtudes, enfadarme con personas a las que yo no merezco) como probablemente supondréis tras esta descripción.
No puedo darle ningún otro regalo. Ni siquiera sé si le gustará esto, o quizá le incomode.

Pero hoy cumple 19 años y está haciendo un trabajo de inglés (os dije que era muy buen estudiante, DEMASIADO buen estudiante) en vez de pasar el día tocándose las pelotas.
Así que si se mete a internet y ve ésto, igual le arranco una sonrisa.
Felicidades Carlos.

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Desde Francia con amor.

Por los días que tuvimos que se vieron transformados en efímeros saludos, de los que sólo te atreves a mostrar en el bus.
Por el día de los fuegos artificiales, el humo rojo y nuestras manos, que se deterioraron en efímeras borracheras de los días de fiesta.
Por tus besos en mi mejilla. Pensar el estúpido pensamiento de que quizás oías mis latidos. ¿En qué pensabas tú? Probablemente en ella.
Por tu saliva con olor a ponche, del que insistías que yo bebiese.
También puedo nombrar la puerta. La puerta sensual, pero para qué, si aquella vez fui yo la que no quiso.
O tu risa que siempre oigo desde atrás, porque podría escucharla a treinta y siete kilómetros. Siempre desde atrás porque no me atrevo a girarme.
O mis palabras que te aconsejan a irte con ella. Y a mentirte, y a decirte que no me gusta nadie, que soy filofóbica. Porque al fin y al cabo, tú mismo lo dijiste el día siguiente a la segunda fiesta: Creo que Elena me sigue queriendo.
También podría ser yo y no saludarte. ¿Sabes que mueves los dedos de la misma manera que yo? Recogiéndolos uno a uno.
Tal vez por eso encajaron tan facilmente nuestras manos aquel día.
Porque este año hasta las clases nos separaron, el pasado tú estabas enfrente y venías a verme, sigo sin saber con qué intención, ¿Buena o mala?
Por la reconciliación efímera que hicimos contándonos cosas triviales, cuando creo que realmente me echabas de menos. Y yo con el pensamiento de, voy a ser fuerte y a ingorarle.
Pero si tú vienes y me hablas con dulzura y me agarras por el codo, yo derrito mi pensamiento y te perdono sin palabras.
Ahora yo no te voy a buscar y tú estás en la otra punta del instituto.
Antes era yo la que te describía como el cabrón, pero realmente también tuve yo la culpa por estúpida.
Por un año y nosecuantos meses de estupidez y el efímero caso que me hacías.

Y ahora la tenemos los dos. Otra vez.
Yo creo que me echas de menos. Porque pasas a mi lado, o porque te interesas por saber quién me gusta, cuando en realidad lo que quieres oír es ese tú que ya sabes, y sentir tu corazoncito roto curado por una tía a la que no querrás nunca.
Porque me siguen temblando las piernas cuando me hablas, porque me sigues devorando con la mirada mientras sonríes. ¿Me lo haces a mí o a todas?


¿Juntamos otra vez tu juego y mi razón?
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Relato de un florista, por Von Thenla

Mi amigo Loïc, o Von Thenla, leyó Historia de un peligroso reencuentro y, a raíz del montón de pensamientos que habría que comprar para llenar la cabina de la noria, ideó esta historia, que llena ese espacio vacío de los pensamientos.

Loïc es un amigo que llevo conociendo desde hará cosa de... hum. Un tiempo. Lo conozco gracias a una historia que escribe, un mundo ideado por el llamado Shalkarth, que es la releche, y que el muy cabrón no quiere colgar pese a lo que le insisto.

Escribe realmente bien, creamos historias vía messenger que pueden durar muchísimo tiempo, y , pues lo describiría como alguien increíblemente inteligente, astuto, malvado, incluso cruel, pero en realidad es un chico al que le regalan caramelos y yo lo apodo, aunque secretamente, "El chico dulce", porque yo creo que tras esa apariencia del señor del gato del inspector Gadget, tiene un corazón bien grandote.

Generalmente nos solemos pelear por lo que tardamos en escribir cosas nuevas, y suele salir él perdiendo... Creo que si no fuese por lo que le insisto, no colgaría nada en su blog...

Él tiene un humor irónico del cual soy incapaz de escribir, todo lo que pasa por mis manos con algún tipo de sarcasmo se convierte en amargo, a la vez que lo que yo escribo sobre amor y cosas así, melonas, terminan transformándose a sus manos en ironías, muertes divertidas y demás cosas tanto graciosas... como traumatizantes.

Os dejo aquí la dirección de su blog y os invito a que paséis y le comentéis algo, aunque sea sobre extraños dioses de los que probablemente no entendáis nada... todavía.

Y bueno, por qué no, a que os inventéis y me paséis vuestras cosillas sobre Historia de un peligroso reencuentro...

Qué cara que tengo.

http://von-thenla.livejournal.com/

La tienda “El Amapolo Contento” era una pequeña floristería situada cerca del centro de la ciudad, era una de esas tiendas que llevan toda la vida ahí y que su aspecto lo demuestra; era muy conocida y famosa, y todo el mundo le tenía mucho afecto a esa tienda y a su propietario y dependiente, Sergei.

Sergei era un hombre ya entrado en años, de hecho todo el mundo lo recordaba ya entrado en años de toda la vida, era de estatura normal, ni muy alto ni muy bajo, tenía el pelo cano corto y bien peinado, llevaba unas gafas redondeadas tras las cuales se veían sus ojos marrones, y en su arrugado rostro siempre había una mirada y una sonrisa afables para toda la gente. En esos momentos estaba atendiendo su tienda, y estaba vestido con unos pantalones de pana de un color azul marino tan oscuro que casi parecía negro, una camisa de color blanco y unos zapatos negros bien limpios; aunque casi todo ello quedaba oculto por el delantal verde claro que llevaba en el que se podía ver el dibujo de una amapola caricaturizada que sonreía por algún motivo desconocido.

Se podría contar mucho de esa tienda (como, por ejemplo, que el nombre había sido inspirado por una novela que Sergei había ojeado hacia un tiempo. El libro en sí era muy mejorable, pero le había gustado el nombre de un establecimiento), o de su propietario y dependiente (como, por ejemplo, que había estado casado felizmente hasta hacía unos años en un trágico incidente). Pero ninguna de esas historias es la que nos interesa y atañe hoy.

En lugar de eso nos centraremos en un día, al mismo tiempo un día cualquiera y un día concreto, y en lo que sucedió a eso de las once de la mañana.

Era más o menos esa hora, mientras Sergei estaba tranquilamente ante el mostrador de su tienda, mirando con calma cómo todas las flores estaban en su sitio, bien a la vista de la gente y bien frescas, cuando entró alguien en su tienda. Ese alguien no curioseó en las flores expuestas, ni en esos grandes ramos que se hacían por encargo especial y estaban de muestra, ni siquiera en aquel rinconcito donde estaban algunas flores que se podían comprar de forma individual y que eran un bonito detalle que llevar a una cena; así que pensó que esa persona tenía muy claro lo que iba a buscar.

-Buenos días- le dijo el hombre con una voz amable y tranquila -.Quisiera comprar pensamientos morados, por favor.

El dependiente le sonrió con amabilidad y asintió ligeramente, indicando que había escuchado la petición del hombre.

-Bueno, hay unos ramos de media docena que son bastante demandados- respondió Sergei con una sonrisa -Su precio anda por...

-No, verá- lo interrumpió el hombre, aunque de una forma tranquila -, necesito más.

-Entiendo. Se trata de una ocasión especial. Bueno, también hay ramos de una docena....

El hombre hizo un leve gesto con los brazos, como dando a saber que el dependiente no había entendido del todo el concepto.

-No, no. Necesito muchas más flores- le dijo el hombre con una leve risa, casi de disculpa

-¿En qué cantidad estaba pensando?- preguntó Sergei algo confundido, normalmente con una docena de pensamientos era más que suficiente fuese cual fuese el objetivo.

-Unos cien... no, mejor doscientos- respondió el hombre

Sergei se quedó perplejo.

-Dos...cientos pensamientos- el dependiente estaba atónito -¿Se trata del encargo para una boda... o tal vez para una ocasión más triste?

El hombre miró a su alrededor la tienda por un momento antes de responder.

-Lo cierto es que no- dijo calmadamente -.Pensándolo mejor, que sean doscientos cincuenta pensamientos morados. Si, creo que con esa cantidad serán suficientes.

-Perdone que me inmiscuya, pero, ¿para qué necesita tantas flores, buen hombre?- preguntó Sergei cuestionándose seriamente la salud mental del hombre

-Es para llenar la cabina de una noria- respondió el hombre.

-Ah... la cabina de una noria- añadió Sergei, como intentando asegurarse de que había oído bien.

-Si, en el parque de atracciones.

Sergei empezó a repasar mentalmente el número de teléfono del manicomio.

-Tengo dinero- dijo el hombre cuando Sergei ya llevaba la mano al teléfono por debajo del mostrador -. Mucho dinero- añadió como detalle importante.

El dependiente apartó la mano del teléfono y se animó un poco.

-Ah, entonces no es un loco; sólo un excéntrico- dijo Sergei bromeando -. Para tal cantidad tendrá que esperar un día, ¿a nombre de quién pongo el encargo?

-Me llamo Andrei.

-Muy bien, señor Andrei- Sergei sonrió un poco más -¿Pagará en efectivo o con tarjeta?

Al cabo de cinco minutos, Andrei salió de la tienda con la compra ya hecha. Ya había conseguido lo más importante de su idea.

Sólo le faltaba asegurarse de que ella subiría a la cabina adecuada.

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