Llamo a Charlotte. Me lo coge. Quedamos en quince minutos en el banco del antiguo McDonald's de Plaza España.
La hierba ondeaba al viento.
Las nubes avanzaban rápido por el cielo.
En mi mp4 sonaba Aruarian Dance.
Ella estaba de pie en el camino de tierra que te lleva cerca de la colina.
Hay un lugar al que siempre voy cuando necesito tranquilizarme.
Es una colina.
Es un lugar al que cuesta un poco ir, o al menos desde mi piso de la ciudad. Pero cuando estás allí todo se vuelve de color verde y azul…
Realmente tampoco es que tenga nada si pasas por allí rápidamente. Hace poco leí en un cartel con forma de robot una historia en la que una masa de gente arrasaba una ciudad que quería enseñarle lo que tenía al mundo. Y como pensé por entonces, hay que ver los detalles con paciencia y claridad, es lo que hacen mágico al mundo. Si el mundo sólo fuese mundo, sin nada más, sería un pedazo de tierra con mucho azul turquesa y trozos verdes.
Pero cuando vas aumentando, aumentando, aumentando cada vez más, empiezas a ver selvas, desiertos, ciudades, personas, animales, insectos…
Las partes pequeñas del interior de cada objeto es lo que lo hacen especial y único a los ojos.
Así que la primera vez que pasé por allí no me fijé en nada. Un solar verde que estaría lleno de molestas hormigas.
Al día siguiente volví por ese camino y como tenía tiempo libre me paré a observar, y me di un largo paseo.
Todos los lugares eran preciosos. Cada brizna de hierba tenía su magia propia y se movía diferente a las demás. Me tumbé, cerré los ojos y cuando los abrí, las nubes se movían deprisa por la acción del viento.
Seguí explorando y descubrí el lugar más mágico de todos. Era como si la fantasía y la imaginación terminasen en ese lugar, donde al terminar la colina en una brusca pendiente verde, empezaba el ruido de los coches, el negro del asfalto.
Hasta parecía dividido el blanco de las nubes y el gris de las de la ciudad…
Pasé unos cuantos días allí.
Simplemente tumbarme y respirar, o pasear, cerrar los ojos, extender los brazos y sentir el viento pasar a través de ti…
Ella estaba de pie.
En el camino de tierra que te lleva cerca del lugar mágico.
Miraba tranquila a un punto situado cerca de sus pies.
Entonces alzó la cabeza y me miró durante un largo minuto.
Unos vaqueros rotos un poco anchos al final.
Una camiseta holgada de algodón.
Pelo largo, de un color castaño apagado con unas puntitas que aparecían por los lados.
La chica me sonrió.
Yo me acerqué unos pasos y le pregunté:
-¿Quieres que te enseñe un lugar mágico?
La chica me sonrió con una mirada muy misteriosa y me cogió de la mano.
-Me llamo Mirna.
En sus auriculares Iván Ferreiro cantaba ¿Qué ha pasado?
Y en el mío sonaban los primeros sonidos de la canción que llevaba su nombre.
Entro a clase y coloco mi cazadora en el respaldo de mi asiento. Voy sacando las cosas y de repente una llamarada de un intenso color caoba pasa por mis ojos. La sigo un poco con la mirada desconcertado, y aquella hoguera deja su mochila en la mesa de mi compañera Charlotte. Después el fuego se coloca delante de mí y me mira con mirada desafiante.
- ¿Qué? –me acusa.
Yo evalúo a mi paranoica amiga y le sonrío. Le revuelvo el pelo un poquito y le sonrío.
- Estás perfecta.
Charlotte se ríe un poco a la vez que se sonroja levemente.
Parloteamos sobre todo un poco, qué es lo que hicimos ayer, qué nos pusimos, qué música escuchamos. Pueden parecer conversaciones insustanciales, pero no lo son. La verdad es que Charlotte odia ese tipo de conversación, conversaciones sobre temas tontos que no van a ningún lado. En cambio las nuestras siempre tienen un poco de magia que las hacen especiales, las hacen multicolores, arco iris en las palabras.
(Si no fuese así, Charlotte no me hablaría. Una de sus principales manías es su cierre automático para los ¿Qué te cuentas? Cuéntame algo. Ay, hoy me ha pasado esto (nada interesante pero que le cuesta un truñón al que te lo cuenta y es un tostón.)
Entonces entra el profesor y suelta un gruñido. Nos callamos pero continuamos nuestra conversación con papel y lápiz.
Escribimos frenéticamente soltando a veces discretas risitas.
-Charlotte, ¿Le importaría contestar a la pregunta?
Charlotte se sonroja y yo hago como que me río y me tapo la boca, susurrándole la respuesta. Charlotte contesta tartamudeando y el profesor asiente malhumorado.
"Gracias", Escribe Charlotte.
"De nada, Charles", contesto yo. Charlotte esboza una sonrisa enfurruñada por el mote y gira la cabeza para atender a la clase.
Toca el timbre y mi pelirroja compañera se va a, mientras que yo me voy a Diseño Gráfico.
Charlotte estudia Humanidades y yo el bachillerato de Artes.
Mientras camino hacia mi clase cavilo sobre el nuevo color de pelo de Charlotte.
Le preguntaré por qué se lo ha teñido al salir de clase. Ser compañero de ella es fácil, pero ser su amigo no. A mí me costó mucho ver la diferencia entre estas dos cosas. Realmente, ella odia la dependencia, porque es precisamente un ser muy dependiente. Así que llegué a la conclusión de que prefería dar una imagen amable y condescendiente de sí misma, una imagen con la que te podías desahogar si tu novio te dejaba, si te ponían un cero o si tus padres no te dejaban salir… Pero no una persona con la que ir al cine, o comprarte ropa.
Charlotte y yo coincidimos en matemáticas y hablamos de las clases anteriores. Después vamos juntos al patio y nos sentamos en un banco.
Supongo que sabe que no le voy a preguntar sobre su pelo hasta que ella de algo así como una señal que me permita hacerlo. Entonces podré recibir una respuesta acompañada de una breve historia.
Charlotte y yo somos así. Esperamos el momento adecuado para hacer las cosas, para que den mejor resultado y sean más bonitas o entretenidas.
No coincidimos en ninguna clase más, hasta la salida.
Entonces, sacando el tema como si nada, le pregunto:
-¿Y a qué se debe este rojo cambio?
Charlotte no contesta al instante y se queda un ratito pensando.
-Era… La necesidad. La necesidad de un cambio, de guardar los recuerdos asociados a mi pelo… Y de no querer parecerme a Ella.
Yo me quedo en silencio pero sonrío. Sé que se refiere a Mirna…
-Hmmm. Déjame pensar… - me llevo la mano a la barbilla- ¡Solo puedo recordaaaaar…!
-¡Mi mataderoooo! –contesta Charlotte gritando también. Nos cogemos de las manos y damos vueltas medio bailando, para cantar al unísono - ¡Clandestino como mi escapaadaa!
La gente nos mira raro y nosotros reímos a carcajadas. Nos compramos un helado de tarta de queso y seguimos bailando, cantando y subiéndonos a los bancos como si fuera un escenario, el helado nuestro micrófono y los transeúntes nuestro público.
Charlotte y yo somos felices a nuestra manera.
Es una sonrisa un poco entreabierta. Deja ver sus dientes blancos.
Es una sonrisa tranquila y sincera. No es una sonrisa acompañada de esas miradas oscuras con los ojos medio entrecerrados.
Es una sonrisa muy pura, una sonrisa pequeña pero que dice mucho.
Mirna tiene una sonrisa que actúa como un calmante.
Cuando tú hablas, Ella te escucha con esa sonrisa y te va quitando poco a poco los malestares y los espíritus negros que se te agarran a los hombros.
Sin embargo, me doy cuenta de que tú a Ella le cuentas todo pero Ella a ti nunca te cuenta nada. Le tienes que preguntar y entonces te responde, pero creo que nunca me ha contado nada por ella misma.
Sus sonrisas son como fugaces y brillantes aleteos de libélulas.
Charlotte también tiene una sonrisa un poco especial, pero varía mucho.
Charlotte no tiene esa noción tan ingenua del mundo, no tanto como Mirna. Así que la sonrisa de Charlotte no es tan tranquila ni sincera, ni tan pura. Es una sonrisa sardónica y satírica, una sonrisa que te dice “Esto no es como tú quieres creer que es, chaval”.
Sin embargo a veces Charlotte se ausenta (ella suele decir que se empana, pero siempre lo dice para quitarle importancia al asunto, y añade una sonrisa para quitarte temores. Es una experta en hacer que no te metas en su vida sin que te des cuenta.) Y después tiene una sonrisa que me recuerda a la de Ella.
O a veces, con ciertas canciones, lo mismo. Le sale un aire tan parecido que me deja desconcertado.
Una vez se lo comenté:
- Te pareces a una amiga mía que se llama Mirna – le dije con una sonrisa – Tiene tu misma sonrisa, ahora mismo.
Charlotte salió de su trance y cambió la sonrisa de Ella por su sonrisa irónica.
-¿Yo, a Ella? – Me levantó la ceja izquierda – Ni en sus mejores sueños.
Y se marchó dejándome un poco triste y sorprendido.
A Charlotte no le gusta Mirna, o Ella como se hace llamar.
No es que no le guste, es que no la aguanta.
La odia. Y no le molesta explicarme por qué:
-Oye –la llamé un día - ¿Por qué me dijiste una vez que no te gustaría parecerte a Mirna?
Charlotte se gira y puedo ver como me mira con su expresión de desdén que se suele acentuar dándole una forma curva a sus cejas.
- ¿Por qué me gustaría parecerme a alguien que cada vez que lee el periódico o ve el telediario se entristece tanto hasta el punto de irse a pasar horas muertas a la colina?
-A mi no me parece un defecto. Sólo es muy empática, ¿No?
Charlotte se para y me mira con una mirada extraña.
-Mirna no me gusta porque no parece de este mundo. Siempre está en el suyo, un mundo verde, un mundo azul, lleno de mariposas y de pintura. No me gusta la gente que prefiere ignorar la realidad escapándose a otro lugar donde no le afecte. Es de cobardes.
Me quedo en silencio y la dejo marchar.
Tal vez sea que tú lo aceptas todo demasiado resignada...
Me pregunto de qué conoces a Mirna.
Me pregunto cómo continuará esto...
Ella está con los brazos abiertos. Su chaqueta y su pelo ondean hacia delante porque el viento empuja sus cabellos.
Ella me oye llegar. Ella siempre sabe cuándo estoy y cuándo no.
-¿Nunca has tenido ganas de probar? –me dice. No la oigo, el viento arrastra sus palabras-. ¿¡Nunca has tenido ganas de probar!? –me repite más alto.
-Saltar –su cuerpo se yergue- Volar –flexiona las piernas- Caer –echa la cabeza hacia atrás- La sonrisa de placer antes de chocar contra el suelo en un suicidio –Ella estira las piernas haciendo una amago de saltar. No le veo el rostro, pero sé que está sonriendo.
Tengo miedo de interrumpir este momento mágico. Quiero verla saltar. Quiero verla volar, quiero verla sonreír de placer, pero no quiero verla caer y no quiero verla chocar.
La hierba ondea hacia ella. El viento la empuja.
Ella toma aire y si lo sé es porque su espalda se curva.
Interrumpo ese momento cogiéndola por uno de sus brazos extendidos.
El viento se para. Ya no hay magia en el lugar. Se oyen los coches pasar…
Veo como Ella cierra los ojos y sonríe. Creo que es de decepción…
-Para –digo jadeante. Nunca me había cansado tanto como ahora, nunca había acumulado tanta tensión- ¡Si sigues así te matarás!
Ella me sonríe y me mira con sus ojos apagados y su sonrisa brillante.
-A éste paso me vas a hacer arrepentirme de haberte enseñado este lugar –digo yo preocupado.
-Nunca, nunca –me dice- Te arrepientas de haber hecho algo. Las cosas que están hechas, hechas están. No te vuelvas atrás. No dejes que el pasado te alcance. Salta cuando lo necesites, siempre hacia delante…
Susurros
en la hierba
Mirna
-
Qué más da una descripción. Conóceme por mis palabras y mis historias, no por adjetivos huecos que no indican realmente cómo soy.
Prisas de un beso urgente
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