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Se oye cantar ♫


Mostrando entradas con la etiqueta Mirna. Mostrar todas las entradas
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Los recuerdos efervescentes de la mente de Charlotte.

¡
Este post que vais a leer forma parte de una historia. Es la historia de Mirna.
Es una recopilación de escenas cortas de una historia que reside en mi cabeza. Para entenderla bien, sería mejor que os leyerais todos los posts:

Historia de Mirna. Susurros en la hierba

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Odio la puta sonrisa de Mirna. Odio su puta cara de gilipollas. Odio que no sepa nada del mundo y que lo mire con su mirada ingenua. La odio. La odio. Odio a Mirna. Odio su expresión de imbécil. Odio que sea así. Odio su libertad y odio sus actos que nunca se arredran. Odio que prefiera llamarse Ella. Odio su nombre y odio su apodo. La odio.
-Yo… Yo también te odio –dice dubitativa.
Es una voz en mi mente.
Yo no le he dicho nada. Sólo lo he pensado, pero ella lo sabe. Yo también sé lo que piensa.
Odio esta conexión. Odio que ella sea lo que yo no soy. Odio ser lo que no es ella.
Odio a Mirna. La odio. La odio porque ella no puede odiarme, porque ella lo perdona todo. La odio porque no guarda rencor. Porque no lo conoce. La odio porque no sabe lo que es el odio.
La odio porque ha dicho que me odia para hacerme sentir bien. Porque sabe lo que pienso cuando pienso en ella, y así quiere hacerme creer que puede sentir odio y así piensa que me olvidaré de ella y nos podremos conocer y que no la odiaré.
-No es verdad – dice una débil voz en mi mente.
Sí que lo es, pienso con lágrimas de frustración en los ojos.

Y es que, quién no quisiera ser Mirna. Quién es capaz de odiarla.
En realidad, no te odio, pienso.
-Gracias –dice una suave voz.
Me pongo a pensar en su voz que huele a hierba recién cortada y a rocío. Me pongo a pensar en la suave brisa de su voz, dulce, no muy aguda, suave. Me pongo a pensar en el sabor de su voz, que es como a un cielo azul con nubes, nubes blancas, de esas regordetas que no llueven. Pienso en que quiero teñir con Ella ese cielo azul para que sepa a coca-cola o a un polo de limón. Como T.R, la canción de Piratas.
Sé que a Ella le encantaría. Cogeríamos un polo de limón como si fuese una brocha y lo untaríamos en la botella de coca-cola como si fuese el bote de pintura.
Las dos reiríamos a carcajadas.
Pero yo no me puedo acercar a ella. No la puedo ni ver, y me enfurece el simple hecho de oír su nombre.
A Mirna y a mí nos gustan las mismas canciones.
Mirna y yo, somos muy parecidas.
O debería decir, ¿Ella y yo?
A Mirna y a mí nos gustan las mismas canciones, nos gustan las mismas películas y nos gusta el mismo lugar, al que yo no voy a ir nunca. A Mirna le gustan los insectos. A mí no. Pero es que Mirna es todo lo que soy y todo lo que me falta.
A Ella le gusta Iván Ferreiro y Miss Caffeina. A mí me gusta Piratas y Placebo. A Ella le gusta todo lo que me gusta a mí y a mí me gusta todo lo que le gusta a Ella.
Pero Mirna tiene todo lo que a mí me falta. Creo que por eso a veces le digo que la odio, para hacerla sentir mal y que intente odiarme para así tener un defecto.
Si no fueses tan perfecta, pienso, no me darías tanta envidia y no me causarías esta sensación de desesperación.
Mirna no se queja. Mirna no te dice adiós porque no le gustan las despedidas. Ella pasa a tu lado desapercibida con su olor a hierba cortada, y tú te pones a pensar en una mañana de domingo, sin darte cuenta de por qué. Domingo Astromántico. Eso es ella. Ella es astromántica.
Hay un piano en la casa de Mirna.
Es el mismo modelo que el que hay en casa de mis padres.
Mirna no tiene asma. Yo, un poquito.
Mirna tiene ojos de niña. Pablo me dice que los míos saben lo que es el dolor y lo que es la resignación, la picardía y la diversión “a tope”. Creo que alguna vez me ha dicho, despistado, “me acabas de recordar a Ella”, ya que a veces nuestra mirada es la misma.
Mirna tiene los ojos marrones con rayitas negras.
Yo tengo los ojos marrones con rayitas negras.
Sin embargo Ella y yo no tenemos los mismos padres.
Los padres de Mirna... su madre es rubia y su padre tiene el pelo castaño oscuro. Se llaman Aarón y María. Mis padres no se llaman así.
Bueno, el padre se llamaba Aarón. Se cayó de un andamio y murió.
Ella tiene un hermano pequeño que se llama Javier. Tú los miras, y si no fuese por la altura, te pondrías a pensar quién de los dos es el pequeño.
Ella tiene la mirada de un niño. Limpia. Pura. Ojos abiertos con expresión de sorpresa, casi siempre.
Mirna no te interrumpe, y si lo hace se calla de inmediato. Nunca te das cuenta de si te ha interrumpido. Es discreta, no cuenta nada. Es como un almacén. Es como un “Matadero clandestino”.
A la vez que tú se lo puedes contar todo, que es como si su presencia te incitara a hablar y a desahogarte, uno no sabe nada de ella.
Y no lo digo por experiencia, sino por Pablo, que cuando habla con Ella después se siente ancho, satisfecho, limpio, descansado, pero cuando habla de ello conmigo se da cuenta desconcertado de que no sabe casi nada de Ella.
Yo sonrío.
Mirna y yo no nos hemos visto nunca.
No sé muy bien de dónde ha salido.
En el fondo creo que siempre estuvo ahí, sólo que no me di cuenta.
Hasta "aquello".
Hasta "Él".
Mirna y yo no nos vamos a ver nunca.
Porque el día en el que nos encontremos, una de las dos desaparecerá.
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Asfixia intermitente en una bañera con patas por culpa de pesadillas con forma de burbujas.

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Charlotte se duerme en su bañera con patas. Siempre la llena hasta los topes, aunque sea malo para el medioambiente. La espuma hace burbujas que huelen a melocotón.
Mientras su cuerpo va resbalando lentamente mojando su cabello, ella entra en la fase REM y empieza a soñar. Su nariz se hunde ligeramente bajo el agua, pero no lo suficiente para impedir la entrada de oxígeno. Pequeñas gotitas se introducen en sus fosas nasales cuando inspira, y se deslizan suavemente hacia el agua de nuevo cuando espira.
Su cuerpo termina completamente cubierto de agua y Charlotte deja de respirar. Disminuye su frecuencia cardíaca. Su cabello se mece lentamente por el movimiento del agua.

Abre los ojos. Está ligeramente vestida. Camiseta de manga larga, nunca hay que olvidarlo. Siempre manga larga. No lleva pantalones, pero sí unos calcetines hasta las rodillas, que están rotos a medio pie. Puede observar sus dedos de los pies. Los mueve.
Está muy tranquila. Respira bajo el agua, aunque no salen burbujas de oxígeno. Se lleva la mano al lateral izquierdo del cuello y entonces comprende: tiene agallas.
Ella no se mueve, está quieta en el agua, pero su pelo ondea lentamente. Bajo el agua no es rojo. Es marrón oscuro, ébano, casi negro.
Se gira porque ha notado un movimiento tras ella. Observa lentamente la figura. Es casi azul.
- Vete - le dice. Nada debe perturbar la frágil calma bajo el agua. O se romperá.
- No puedes - le responde la figura.
- Claro que puedo - dice Charlotte - mira.
Levanta una mano, lentamente. Ahí todo debe ser lento. Señala sus agallas.
- No, no puedes.
- ¿Por qué? - pregunta Charlotte.
- Porque hueles a melocotón.
Charlotte observa un mechón de pelo que se mueve lentamente hacia su nariz y lo huele. Inspira hondo y nota como el olor llega hasta la pituitaria.
- ¿Lo ves? - sostiene la figura azul - Has utilizado la nariz. Los peces no tienen nariz.
Ella gira la cabeza y se lleva una mano al pecho. Siente una presión.
- Pero...
Cuando pronuncia la palabra observa como unas burbujitas ascienden desde su boca hasta la superficie. Las burbujas rompen la superficie y Charlotte se empieza a ahogar.
- No puedo - murmura, y su boca se llena de agua - Yo...
La figura la observa. Charlotte se inquieta y empieza a moverse frenéticamente.
- Déjame ser tus pulmones. Yo sí puedo.
Mueve los brazos inquieta. Intenta salir a flote, pero está muy lejos. La figura azul alza una mano hacia ella y de repente parece estar mucho más cerca. Ahora la puede reconocer. Su pelo no es tan oscuro como el de ella bajo el agua, es castaño clarito.
- No - barbota como puede- tú no.
El espacio es tan pequeño entre ella y la chica azul, demasiado pequeño ahora que se ha roto. Mueve agitadamente los brazos, provocando más pequeñas burbujas que le impiden ver.

Charlotte se incorpora de la bañera con un grito ahogado y tose agua. Respira rápidamente, intentando recobrar el oxígeno perdido. Se lleva una mano a la cabeza y se aparta el pelo de la cara.
Mientras intenta situarse, la puerta del baño se abre y entra Pablo con total naturalidad.
- Hola - saluda, como si no se hubiera dado cuenta de que se estaba bañando.
- Qué haces - pregunta Charlotte boquiabierta.
Él ni la mira y comienza a desvestirse mientras ella lo mira incrédula.
- ¿¡Qué haces!?
Se queda en calzoncillos y se mete en la bañera, en el lado opuesto al de Charlotte. Se acomoda dejando el grifo a la izquierda de su cabeza.
- Estoy desnuda...
Pablo se digna a mirarla, horrorizado.
- Como si me atrayeras sexualmente, por dios.
Se miran durante unos largos segundos a los ojos. Ella con incomprensión. Él, como buscando algo.
Pablo alarga las manos y agarra por las muñecas a Charlotte. Ella está tan sorprendida que ni siquiera se acuerda de reaccionar.
- Manga larga, ¿Eh?
Ella lo mira hasta que se da cuenta de lo que le está diciendo. Baja la cabeza y se mordisquea el labio inferior.
- Sí - afirma - Siempre manga larga.
Se hace un silencio inclasificable. No es cómodo, pero tampoco tanto como para incluírlo en una escena de Pulp Fiction.
- ¿Esto también te lo dijo él?
Vuelve a haber otro largo silencio. Mia Wallace estaría orgullosa.
- Huele a melocotón - comenta Pablo por toda respuesta. Y le aparta un único mechón de la frente.

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Palomitas interrumpidas



Llamo a Charlotte. Me lo coge. Quedamos en quince minutos en el banco del antiguo McDonald's de Plaza España.
- ¡Holaaaaaa! - Un torbellino de colores negro y rojo corre hacia mi con una bandolera pintada por ella. En general me resulta fácil adivinar cómo se siente simplemente por el peinado y la ropa que lleva. Hoy lleva unos pitillos a rayas grises y negras con zapatos de lolita y una camiseta rajada, de su grupo favorito, Placebo. Dios mío. Hoy va a estar insoportable. Mezcla de sentimientos indefinidos.
Me da dos besos rápidos mientras me hace un scáner de cómo voy yo.
- ¿Vamos al cine? ¿Compramos las palomitas en El Rincón o en la tienda del cine? Es que ahí te sablan. Putos careros. ¿Aragonia o Palafox? Luego quiero ir al Burger King y cantar Burger Queen. Hey yoooou, Hey you.
- Eh, eh, chica impaciente. ¿Qué te ha pasado hoy?
- ¡¿Me estás diciendo que no sabes qué peli vamos a ver?!
Observo con desgana los carteles de la parada de bus. Creo que Iron Man la vería solo por Scarlett Johansson, y creo que las pelis en plan Shutter Island no le van. Probaré con Iron Man.
- ¿Iron Man?
Me mira con cara de desprecio absoluto.
- Oh, Pablo. ¡¡Hoy se estrena INGRID!!
¡Chin! Luz en mi cabeza.
- ¿En la que suenan Love of Lesbian, Russian Red y Manos de topo?
- Séeeeeeeeeeh.
- Uau... Pinta bien.
Nunca me pregunta que qué tal estoy. Ella siempre lo solía preguntar pero nunca le preguntaban a ella. Y hablar de sí misma sin que surja el tema no le gustaba, así que dejó de preguntar "qué tal". Que les jodan, recuerdo que me decía con mal humor. Egocéntricos, refunfuñaba. Nunca me atreví a decirle que realmente la egocéntrica era ella, que preguntaba algo para que se lo preguntasen a ella después. Mientras nos acercamos a coger el bus 40 para ir a comprar las entradas del cine, parlotea histéricamente sobre las últimas noticias musicales.
Bajamos del bus. Entramos al cine y nos hacemos unas fotos con los bocadillos que hay por las paredes de "Mi ziudad".
Vamos a por las entradas y nos situamos detrás de dos chicos con pantalones pitillo. Scáner y aprobación mutua por parte de Charlotte y yo. Terminan de comprar las entradas mientras Charles y yo comentamos las canciones que creemos que saldrán en la película.
Uno de los chicos se aparta pero el otro se nos queda mirando inquisitivamente. Cuando Charlotte levanta la vista para ver por qué no nos deja paso, palidece. Él adelanta la mano para rozar con ella la mejilla de Charlotte.
- Joder - dice ella - Joder.
Él susurra algo. Un nombre, pero no Charlotte. Ella le da un manotazo para apartar esa caricia y echa a correr.
Yo me quedo parado. El chico aún está ahí con el brazo en la posición y con el dedo índice curvado por aquel comienzo de caricia.
Tiene el pelo negro y unos ojos grises preciosos pero muy vacíos, que se giran hacia mí mostrando un interrogante vacío. Siento la necesidad de decir algo.
- Yo... - trago saliva un poco asustado - voy a buscarla. Hasta... hasta otra.
El chico me sonríe y dice algo antes de que eche a correr.
- Ingrid - qué voz tan suave.
- ¿Qué?
- Ingrid. Sabía que vendría a verla. Aquí - que sonrisa más sugerente.
Esa mirada ya no me parece tan ausente sino que tiene un punto de burlesca picardía.
- Dios mío - murmuro. Y echo a correr.
Joder. Joder. Joder. Es "Él". Es el "Él" de Charlotte. Joder, si va a mi instituto. ¿Como coño no le he visto hasta ahora? Está buenísimo. Espera, Pablo, no pienses en eso. ¿Es "Él"? El... ¿Él? ¿Y yo qué coño hago corriendo hacia ninguna parte? Joder. Charlotte. Seguro que vomita, ya le pasó la otra vez. Derrapo. Cambio de dirección, baños.
Me meto en el de las mujeres. Sonrío inocentemente a una mujer y a su hija pequeña que me miran con incentidumbre.
- Lotta - llamo a la puerta de un baño. Me contesta un ruido de arcada - Lotta, eh. Ábreme.
- Vete... vete a la... mierda.
- Esas cosas no se le dicen a un amigo - murmuro a la puerta cerrada-. Ábreme.
Me responde otra arcada y un poco después el ruido del pestillo que se abre. Huele a vómito. Saco un pañuelo y le seco tanto la boca como las lágrimas. Se abraza la tripa. Me ha dicho varias veces que tiene el estómago conectado al corazón.
- ¿Quieres quedarte hoy en mi piso?
Asiente con la barbilla temblorosa. La levanto delicadamente mientras tiro de la cadena. La cojo como si fuera un príncipe de cuento y ella se agarra a mi cuello y entierra la cabeza en mi hombro. Cuando salgo del baño, veo a "Él" apoyado en la pared. Me sonríe con sorna y me mete unos papeles en el bolsillo del pantalón. Concretamente, en el del culo. Me sonrojo y "Él" sonríe más abiertamente. Se lleva un dedo a los labios y se marcha.

Una vez en el piso, dejo a Charlotte sobre mi cama y saco lo que me metió en el bolsillo. Dos entradas de cine para Ingrid y un papel con algo escrito.
<<¿Charlotte dice llamarse? Qué ironía. Eso significa "aquella que es fuerte y valiente". Justo lo que nunca ha sido ella. Si te atreves, dile de mi parte que vuelva a su nombre, que no por ello va a poder olvidarme. Nada se olvida sin superarlo y menos algo como lo que tuvimos ella y yo. Aunque supongo que no sabrás nada. Ni de mí, ni de ella, ni de Mirna...>>

Al día siguiente Charlotte se despierta ojerosa. Yo no he podido dormir y he pasado la noche releyendo el puto papel. Me lo sé de memoria.
- Pablo - dice una vocecita lastimera - ¿Tienes un ibuprofeno?
Estrujo el papel en mi mano y la miro con algo de angustia.
- ¿Cómo te llamas?
- ¿Qué?
- Que como te llamas. Cómo te llamabas. Antes de ese chico de ojos grises.
Charlotte me mira horrorizada, tiene una convulsión y se desmaya.

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Charlotte y Pablo

Charlotte sale del gimnasio de la escuela y se encuentra con Pablo esperándola a la salida, en su vespa.
- Hola, Charlie - dice con el tono más sexy que tiene.
Ella lo mira triste y un poco desilusionada, lo que provoca que él se incorpore de la pared en la que está apoyado.
- Jo, hasta me han dejado un cigarro para preparar la escena sensual del chico que va a recoger a su nena.
- No sabes qué día super-asco he tenido... - Dice Charlotte. Se pone el casco y se sienta en el asiento de atrás.
- Ahora paramos un momento en La Casa del Loco y me cuentas.
Pablo le da un beso al casco de ella, donde se supone que está la mejilla, y se pone el suyo también.

Cuando se bajan y entran al bar, el camarero les saluda fogosamente.
- ¡Eh, la parejita!
- ¡Que no somos parejita! - dicen los dos a la vez.
- Bueno, pero siempre estáis juntos. Hijos, dais mucho que cotillear.
Charlotte pone los ojos en blanco y Pablo no puede contener la risa.
Se sientan en su esquina habitual y esperan a que Miguel les atienda.
- No sé por qué no le dices que eres gay. No tiene pinta de ser homófobo, y tampoco de los que hacen una montaña de un grano de arena - le sugiere Charlotte.
Pablo sonríe y mira por la ventana.
- Ya, bueno... Yo tampoco lo sé. Pero de momento estoy bien y no tengo necesidad de nada nuevo...
- Ten cuidado con la rutina, que es muy mala - le aconseja Charlotte - Mira, ya viene a tomarnos nota.
Miguel se acerca e interrumpe a Charlotte cuando esta va a pedir.
- Yo quiero una...
- No, no tenemos pepsi. La única que tomaría serías tú y no nos sale rentable.
Charlotte se pone del color de su pelo y se enfurruña.
- Yo lo de siempre - pide Pablo - Y ella Fanta de naranja.
El camarero les sonríe y se va a por las bebidas.
- Cuéntame tu vida, pepsi-cola.
Charlotte pone morritos.
- Pues, a primera me tocaba Inglés y la profe me ha puesto dos exámenes. Luego, en Historia vamos juntos y ya me has visto. Para poder escuchar esa clase hay que ponerse tapones, nos va a explotar el tímpano. No sabía que un hombre pudiera ser soprano - dice ella malhumorada.
- De esa parte me he enterado. Luego me he pirado en el recreo - dice Pablo mientras saca el móvil.
Charlotte le sigue narrando su día mientras mira la pantalla de la tele del bar.
- En el recreo estaba con Miriam, Sara y Diego y haciendo el tonto, me han tirado al suelo. Mira...
Charlotte le enseña sus pantalones de gimnasia, rajados por el lateral de la pierna derecha.
- Hostia - exclama Pablo - Joder, es que no sé para qué te compras la ropa en Adidas... No sé, yo voy tan pancho con mis Decathlones.
- Yo voy más cómoda, en serio. Bueno, sigo. En Francés nos han echado una bronca y en Gimnasia me han puesto con el tío que más odio de la clase.
Pablo lee el mensaje y se le ilumina la cara.
- ¿Es Cristian? - pregunta ella con curiosidad.
- Pues claro - responde él con suficiencia.
Miguel se les acerca y les deja las bebidas. Les guiña un ojo y se vuelve al trabajo. Charlotte mira al grupo que ha llegado y se inclina hacia Pablo:
- Parece que no va a poder quedarse con nosotros... Ha llegado el grupillo en el que toca.
Pablo echa una ojeada mientras responde al mensaje.
- Te quiero, a ver si nos vemos, XxX, te como tó a besos - lee Charlotte mientras Pablo aleja el móvil de ella.
- Estúpida, que no he puesto eso - dice sonrojado él - ¿Y ya está?
- ¿Te parece poco? - dice ella enojada, bebiendo a grandes tragos la Fanta.
- No, la verdad es que está bien para ser un día. Esperemos que no vaya a peor...
- Sí que puede ir... - suspira Charlotte.
- ¿Tienes que volver?
- Sí...
Pablo mueve la boca hacia un lado y le revuelve el pelo a su amiga, consolándola:
- La probabilidad de que te encuentres con él es muy pequeña...
- Ya.
- ¿Quieres que me cuele en tu clase? - sugiere él mientras acaba su refresco.
- No, da igual.
Charlotte se levanta y deja dos euros en la mesa, cuando oye gritar enfurecido a Miguel.
- ¡Joder, me voy antes de que me pille! - grita Charlotte incorporándose rápidamente.
- ¡Te acompaño, o me la cargaré yo! - la secunda Pablo, dejando otros dos euros.
-¡Sois unos gilipollas! ¡Os dije que no pagarais más aquí!
Charlotte y Pablo salen corriendo del bar y se montan en la moto, lo más rápido que pueden, mientras ven al camarero correr con el delantal al viento.
-¡Arrancaaaaaaaaaaaa!
- ¡Se ha calado!
Consiguen escapar a duras penas y se van juntos por la ciudad.


Mirna va a la tienda de animales y mira los peces. Ha comprado una pecera redonda.
Se queda un rato observándolos.
Elige dos, uno naranja brillante y otro naranja-rojizo, del color del pelo de Charlotte.
Compra los productos químicos para el agua y paga todo en la caja.
Mirna está contenta.


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John Boy





Charlotte, Charlotte la del pelo rojo. Rojo, rojo teñido. Rojo mandarina. Charlotte insustancial, Charlotte insípida.

Caminaba por la calle, cruzando los semáforos cuando empiezan a titilear. Dirigiéndome a la parada del bus.
No tardé en llegar, viendo a la misma gente de siempre: la pareja de abuelos de la casita 63, la mujer mayor solterona que deja las colillas en los felpudos de entrada (creo que anteayer fue la quinta vez que me tocó cepillar el mío), la mamá con los dos nenes que llevan uniforme del cole y el chaval de mi instituto con el que me siento en el bus pero no hablo.
Pero había alguien nuevo.
Un chico, un chico del que no pude apartar la mirada nada más sentarme en el escaparate de la tienda de alfombras.
Que el dueño nos debe de odiar, porque todos nos sentamos a esperar el bus en su hermoso y amplio escaparate.
Tenía puesta una chaqueta de tela a cuadros rosas y morados, que se entrecruzaban formando otros cuadrados de distintos tonos.
Unos vaqueros ajustados, pitillo, de azul oscuro.
Victorias azules, y en la mano un mechero con círculos rosas.
Me enamoré de ese tío nada más verlo.
Me enamoré de su piercing negro en la ceja derecha y de su corte de pelo. Con una patilla finita, casi rapadita, semiflequillo y pelo cortito. Me enamoré del tío de la chaqueta de cuadros.
Y le llamé John Boy. En mi mente.

Y me sentí tan estúpida. Tan insustancial. Con mis pantalones marrones que ni eran ajustados ni acampanados ni eran nada. Con la camiseta gris a rayas de colores y con las converse.
Me sentí insípida, porque ese día no era yo, era yo pero con ropa que no era yo. Porque en esa estúpida mañana no me había apetecido ponerme mis conjuntos característicos ni peinarme y llamar la atención.
Me moría de ganas de preguntarle qué escuchaba. Mataría por haberle cogido un casco. Si escuchaba Piratas, Love of Lesbian o qué. Me daba igual.
Pero no lo hice, qué tonta, qué tonta. Y todo por sentirme incómoda por la ropa que llevaba. Por pensar que no me representaba.
Y me quedé con las ganas. Y cada vez que me subo al bus pienso en él, en mi John Boy, en el chico con la chaqueta de cuadros.
John Boy. John Boy. Que vas llamando la atención, con tu chaqueta, con tus auriculares de cable negro.

Y como soy estúpida no se lo pregunté. No le pregunté qué escuchaba.
Y me subí al bus y me senté un poquito más atrás de él para observarle. Y abandoné mi sitio con Diego, mi compañero del bus, sólo por mirarle.
Estuve unos treinta y cinco minutos con la boca entreabierta y un interrogante en la punta de la lengua, que se ahogó en mis labios.
Disculpa, ¿Qué música escuchas?

Tampoco era muy difícil.
Pero desde aquello, desde aquello, soy incapaz de tomar iniciativa en una conversación con un chico.
Como me pasó con Pablo, que si no me hubiese perseguido no habría tenido a nadie en el instituto.
Como me pasó con todos desde aquello.
Desde aquello.
Desde él.

Así que John Boy se bajó tres paradas antes que yo. Y no se giró para mirarme, cuando yo pegaba la cara y las manos al cristal con desesperación, cubriendo un pequeño trocito de vaho.
Tuve tantas tentaciones de bajarme en el momento en el que se cerraba la puerta y perseguirlo...
Pero, como siempre, no lo hice. Mis piernas no me respondieron, al igual que no lo hizo la voz en su momento.
No lo he vuelto a ver.

No se ha vuelto a subir en el autobús de las 6:37 , ni lo he visto tres paradas antes de la mía.
John Boy, el chico de la chaqueta a cuadros.
El tío del que me enamoré sin sentir realmente nada en el corazón salvo el vacío habitual desde aquello.



John Boy salió de la tienda de discos llevando el disco de David Bowie con el que le había apodado Charlotte, aunque ella por la canción de Love of Lesbian. Realmente no se llamaba así, sino Julian.
Julian, de Dublín, como la canción de Love of Lesbian que él desconocía, y con la que había acertado Charlotte sin saberlo.
Le echó una distraída mirada a una chica con pantalón marrón y camiseta gris con rayas de colores que acababa de llegar y se había sentado al otro lado de la columna donde él estaba apoyado.
Se subió al bus, y cuando llegó a la parada donde debía bajar, se fue.
Y no le dedicó un sólo pensamiento a Charlotte.

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Mirna y Pablo

La hierba ondeaba al viento.

 

Las nubes avanzaban rápido por el cielo.

 

En mi mp4 sonaba Aruarian Dance.

 

Ella estaba de pie en el camino de tierra que te lleva cerca de la colina.

 

Hay un lugar al que siempre voy cuando necesito tranquilizarme.

Es una colina.

Es un lugar al que cuesta un poco ir, o al menos desde mi piso de la ciudad. Pero cuando estás allí todo se vuelve de color verde y azul…

Realmente tampoco es que tenga nada si pasas por allí rápidamente. Hace poco leí en un cartel con forma de robot una historia en la que una masa de gente arrasaba una ciudad que quería enseñarle lo que tenía al mundo. Y como pensé por entonces, hay que ver los detalles con paciencia y claridad, es lo que hacen mágico al mundo. Si el mundo sólo fuese mundo, sin nada más, sería un pedazo de tierra con mucho azul turquesa y trozos verdes.

Pero cuando vas aumentando, aumentando, aumentando cada vez más, empiezas a ver selvas, desiertos, ciudades, personas, animales, insectos…

Las partes pequeñas del interior de cada objeto es lo que lo hacen especial y único a los ojos.

Así que la primera vez que pasé por allí no me fijé en nada. Un solar verde que estaría lleno de molestas hormigas.

Al día siguiente volví por ese camino y como tenía tiempo libre me paré a observar, y me di un largo paseo.

Todos los lugares eran preciosos. Cada brizna de hierba tenía su magia propia y se movía diferente a las demás. Me tumbé, cerré los ojos y cuando los abrí, las nubes se movían deprisa por la acción del viento.

Seguí explorando y descubrí el lugar más mágico de todos. Era como si la fantasía y la imaginación terminasen en ese lugar, donde al terminar la colina en una brusca pendiente verde, empezaba el ruido de los coches, el negro del asfalto.

Hasta parecía dividido el blanco de las nubes y el gris de las de la ciudad…

 

Pasé unos cuantos días allí.

Simplemente tumbarme y respirar, o pasear, cerrar los ojos, extender los brazos y sentir el viento pasar a través de ti…

 

Ella estaba de pie.

En el camino de tierra que te lleva cerca del lugar mágico.

Miraba tranquila a un punto situado cerca de sus pies.

Entonces alzó la cabeza y me miró durante un largo minuto.

 

Unos vaqueros rotos un poco anchos al final.

Una camiseta holgada de algodón.

Pelo largo, de un color castaño apagado con unas puntitas que aparecían por los lados.

 

La chica me sonrió.

Yo me acerqué unos pasos y le pregunté:

-¿Quieres que te enseñe un lugar mágico?

La chica me sonrió con una mirada muy misteriosa y me cogió de la mano.

-Me llamo Mirna.

 

En sus auriculares Iván Ferreiro cantaba ¿Qué ha pasado?

Y en el mío sonaban los primeros sonidos de la canción que llevaba su nombre.

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La chica impulsiva

He quedado con Charlotte a las cinco para pasear.
Me pregunto si me volverá a dar el día mi impulsiva amiga, o si estará más tranquila...
Pronto lo descubriremos...

Charlotte tiene la... manía de cruzar por un paso de cebra, cuando no hay semáforos, con la mirada al frente, sin mirar si vienen coches.
- Así me gusta, no mirar atrás... Charles, algún día te pillará un coche...
Charlotte cruza sin girar la cabeza y continúa el trozo de canción que le he ofrecido.
- Yo te ofrezco mi amor...
Se gira ofreciéndome su sonrisa cínica.
- Una mierda amor, me ofreces sustos, que es distinto... -Miro consternado a los lados y veo que se aproxima un coche bastante rápido. Dudo un momento y echo a correr hacia ella. Charlotte se vuelve y le echa una mirada de mil demonios al conductor del coche, que masculla algo por el movimiento de los labios de su boca... Pero frena.
Mi pelirroja e impulsiva amiga le echa una sonrisa repelente y sigue caminando.
- Nena, antes no eras así -me quejo suavemente.
- Bueno, fuiste tú quien me dio la oportunidad de cambiar... A llegar a ser esto.
- No hagas que me arrepienta -le digo sarcásticamente con otra canción.

Cuando vuelvo a casa después de este movidito paseo (la verdad es que hay veces que odio pasear con ella si no es por las calles con semáforos de la ciudad, es estresante) me tumbo en la cama y me pongo los auriculares.
Charlotte sigue sin comentar nada sobre qué fue aquello que le pasó cuando íbamos al instituto.
Bueno, o antes del instituto.
Es que me como la cabeza. Me pregunto qué habría pasado si a mí no me hubiese fascinado su brusco cambio, si no la hubiese perseguido, si no nos hubiésemos quedado a solas en nuestra clase hace tres años, si ella no hubiese tenido el valor para sentarse allí y esperarme.
Ese cambio tan bestial, que ahora la hace derrochar libertad, orgullo, hasta llegar a sus locos impulsos.
Sin embargo creo que su libertad no es mas que otras cadenas que atan sus alas, que le dejan más movimiento, pero no le permiten despegar hacia el cielo que parece que tanto ansía.

Charlotte llega a clase el primer día. Sus pantalones vaqueros ajustados, su vestido rosa oscuro a cuadros, sus zapatos de tacón.  La gente la mira entre interesada y dudosa. Su sociable carácter hace que se congracie con todo el mundo.
Muchos se levantan en el descanso de los cinco minutos para conocerla. Comentarios graciosos, una belleza curiosa, se hace amiga de todos rápidamente.
Al día siguiente, las primeras horas sigue igual.
Un descanso.
Un cruce.
Un vistazo de reojo.
Una mirada de terror.
Charlotte se ha marchado y sólo queda una cáscara vacía, con pelo lacio, con ojeras, sin expresión.
¿Qué ha pasado?

Yo aún sigo intentando averiguar quién es aquella persona que la atrapa y la amarra al suelo.
Pero es que no la encuentro. Y Charlotte esquiva el tema cada vez que lo insinúo.

Entonces el sonido de su móvil me despierta de mis pensamientos.
Miro la pantalla para ver quien es y una sonrisa me ilumina el rostro.
Su dulce voz me saca de mis rayujos de papel.
"Qué haría yo sin él...", murmuro.
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La chica rara

La chica rara entra a clase con la cabeza baja. Su larga melena con la larga y lisa melena, con una simple raya en medio, sin ni siquiera flequillo, se balancea al ritmo de sus pasos.
A la chica rara la cambiaron de instituto hace algunos meses, a decir verdad a mí me da algo de pena... lástima, o compasión, más bien.
Por lo visto antes no era así.
Me lo dijeron unos... amigos, si es que puedo llamarlos así, que se metieron en su tuenti por medio de una amiga suya, y tiene fotos en las que no parecía "La Chica Rara", como ahora la apodan.
Tenía fotos alegres, fotos de su edad, fotos con amigas, fotos con ropa estilosa.
Ella era muy bonita.
Algo le debió pasar para que se transformase en este ser de lacio cabello, auriculares en sus orejas y mirada baja que no te mira a los ojos.
Me inspira tanta curiosidad...

-¿Has oído lo nuevo de la chica rara? - Me dice Cristian como si fuese la nueva noticia del instituto.
- No -contesto yo, con cierta desconfianza de lo que me va a decir.
- Dicen, que hay alguien aquí que es la que la hace actuar así. O ser así, no sé. Porque, ¿Te acuerdas de ella el primer día?
Claro que la recuerdo. ¿Cómo no la voy a recordar? Alegre, simpática, sociable, con una sonrisa en la cara y una mirada entre picaresca y amargada. Ropa bonita, bien conjuntada.
- ¿Y quién es?
- No sé -dice Cristian divertido - Pero, ¿No crees que sería divertido averiguarlo?
Yo callo. Yo pienso que sería divertido dejarla en paz.

Después de un encuentro con alguien, tal vez tan sólo una mirada, y su mundo se vino abajo. Se limitó a callar, retraerse, cortarse el pelo con un peinado que no realza su belleza... y una mirada triste que todavía perdura.

La observo en clase. Tiene la cabeza inclinada hacia el libro, como siempre, y su melena impide las miradas de la gente. Se gira un momento y mira con ansia por la ventana. Después nota que la estoy mirando y se gira bruscamente.

Cuando suena el timbre, La chica rara se levanta y sale corriendo rápidamente a cambiar los libros de su taquilla. Yo siento la imperiosa necesidad de levantarme y la sigo.
Es increíble lo rápida que es pese a no aparentarlo.

Esquiva a la gente que hay en los pasillos, abrazando su carpeta lisa, y la pierdo.
Me quedo enfadado conmigo mismo, tanto por haberla perdido... como por no saber dónde está su taquilla.

Nos separamos una hora ya que escogemos diferentes materias, y una hora después nos volvemos a juntar.
Ahora, ni se gira para mirar su método de escape.
Me empiezo a preguntar cómo acercarme a ella.
Me interesa, me atrae, me succiona, me absorbe en ese misterio lánguido y pesaroso.


Llevo días persiguiéndola. He averiguado cuál es su taquilla, la acoso, no paro de hablarle, y ella no me contesta.

Un día, la tutora nos llama tanto a ella como a mí.
Nos ve juntos (yo siguiéndola y ella huyendo) y nos encarga que vayamos a la clase a repartir unas fotocopias.
Ella se muestra huraña.
Yo no paro de preguntarle cosas.
Entramos a la clase y La chica rara se limita a dejar las hojas sobre la mesa.
Yo también las reparto. Cuando terminamos, en vez de irse corriendo, se sienta y me mira, en silencio.
Yo sonrío.
Me inclino frente a su mesa y le cojo de las manos.
- Me llamo Pablo.
La chica rara esboza una sonrisa pequeñita y una chispa brilla en sus ojos.
-...
Yo abro los ojos y me acerco porque no la he oído.
- Me llamo Charlotte.
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Llamarada Caoba

Otro trocito más de la historia de Mirna...


Entro a clase y coloco mi cazadora en el respaldo de mi asiento. Voy sacando las cosas y de repente una llamarada de un intenso color caoba pasa por mis ojos. La sigo un poco con la mirada desconcertado, y aquella hoguera deja su mochila en la mesa de mi compañera Charlotte. Después el fuego se coloca delante de mí y me mira con mirada desafiante.
- ¿Qué? –me acusa.
Yo evalúo a mi paranoica amiga y le sonrío. Le revuelvo el pelo un poquito y le sonrío.
- Estás perfecta.
Charlotte se ríe un poco a la vez que se sonroja levemente.
Parloteamos sobre todo un poco, qué es lo que hicimos ayer, qué nos pusimos, qué música escuchamos. Pueden parecer conversaciones insustanciales, pero no lo son. La verdad es que Charlotte odia ese tipo de conversación, conversaciones sobre temas tontos que no van a ningún lado. En cambio las nuestras siempre tienen un poco de magia que las hacen especiales, las hacen multicolores, arco iris en las palabras.
(Si no fuese así, Charlotte no me hablaría. Una de sus principales manías es su cierre automático para los ¿Qué te cuentas? Cuéntame algo. Ay, hoy me ha pasado esto (nada interesante pero que le cuesta un truñón al que te lo cuenta y es un tostón.)
Entonces entra el profesor y suelta un gruñido. Nos callamos pero continuamos nuestra conversación con papel y lápiz.
Escribimos frenéticamente soltando a veces discretas risitas.
-Charlotte, ¿Le importaría contestar a la pregunta?
Charlotte se sonroja y yo hago como que me río y me tapo la boca, susurrándole la respuesta. Charlotte contesta tartamudeando y el profesor asiente malhumorado.
"Gracias", Escribe Charlotte.
"De nada, Charles", contesto yo. Charlotte esboza una sonrisa enfurruñada por el mote y gira la cabeza para atender a la clase.

Toca el timbre y mi pelirroja compañera se va a, mientras que yo me voy a Diseño Gráfico.
Charlotte estudia Humanidades y yo el bachillerato de Artes.
Mientras camino hacia mi clase cavilo sobre el nuevo color de pelo de Charlotte.
Le preguntaré por qué se lo ha teñido al salir de clase. Ser compañero de ella es fácil, pero ser su amigo no. A mí me costó mucho ver la diferencia entre estas dos cosas. Realmente, ella odia la dependencia, porque es precisamente un ser muy dependiente. Así que llegué a la conclusión de que prefería dar una imagen amable y condescendiente de sí misma, una imagen con la que te podías desahogar si tu novio te dejaba, si te ponían un cero o si tus padres no te dejaban salir… Pero no una persona con la que ir al cine, o comprarte ropa.

Charlotte y yo coincidimos en matemáticas y hablamos de las clases anteriores. Después vamos juntos al patio y nos sentamos en un banco.
Supongo que sabe que no le voy a preguntar sobre su pelo hasta que ella de algo así como una señal que me permita hacerlo. Entonces podré recibir una respuesta acompañada de una breve historia.
Charlotte y yo somos así. Esperamos el momento adecuado para hacer las cosas, para que den mejor resultado y sean más bonitas o entretenidas.

No coincidimos en ninguna clase más, hasta la salida.
Entonces, sacando el tema como si nada, le pregunto:
-¿Y a qué se debe este rojo cambio?
Charlotte no contesta al instante y se queda un ratito pensando.
-Era… La necesidad. La necesidad de un cambio, de guardar los recuerdos asociados a mi pelo… Y de no querer parecerme a Ella.
Yo me quedo en silencio pero sonrío. Sé que se refiere a Mirna…
-Hmmm. Déjame pensar… - me llevo la mano a la barbilla- ¡Solo puedo recordaaaaar…!
-¡Mi mataderoooo! –contesta Charlotte gritando también. Nos cogemos de las manos y damos vueltas medio bailando, para cantar al unísono - ¡Clandestino como mi escapaadaa!

La gente nos mira raro y nosotros reímos a carcajadas. Nos compramos un helado de tarta de queso y seguimos bailando, cantando y subiéndonos a los bancos como si fuera un escenario, el helado nuestro micrófono y los transeúntes nuestro público.

Charlotte y yo somos felices a nuestra manera.
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La sonrisa de Mirna

La sonrisa de Mirna es muy especial.
Es una sonrisa un poco entreabierta. Deja ver sus dientes blancos.
Es una sonrisa tranquila y sincera. No es una sonrisa acompañada de esas miradas oscuras con los ojos medio entrecerrados.
Es una sonrisa muy pura, una sonrisa pequeña pero que dice mucho.
Mirna tiene una sonrisa que actúa como un calmante.
Cuando tú hablas, Ella te escucha con esa sonrisa y te va quitando poco a poco los malestares y los espíritus negros que se te agarran a los hombros.

Sin embargo, me doy cuenta de que tú a Ella le cuentas todo pero Ella a ti nunca te cuenta nada. Le tienes que preguntar y entonces te responde, pero creo que nunca me ha contado nada por ella misma.
Sus sonrisas son como fugaces y brillantes aleteos de libélulas.

Charlotte también tiene una sonrisa un poco especial, pero varía mucho.
Charlotte no tiene esa noción tan ingenua del mundo, no tanto como Mirna. Así que la sonrisa de Charlotte no es tan tranquila ni sincera, ni tan pura. Es una sonrisa sardónica y satírica, una sonrisa que te dice “Esto no es como tú quieres creer que es, chaval”.
Sin embargo a veces Charlotte se ausenta (ella suele decir que se empana, pero siempre lo dice para quitarle importancia al asunto, y añade una sonrisa para quitarte temores. Es una experta en hacer que no te metas en su vida sin que te des cuenta.) Y después tiene una sonrisa que me recuerda a la de Ella.
O a veces, con ciertas canciones, lo mismo. Le sale un aire tan parecido que me deja desconcertado.

Una vez se lo comenté:
- Te pareces a una amiga mía que se llama Mirna – le dije con una sonrisa – Tiene tu misma sonrisa, ahora mismo.
Charlotte salió de su trance y cambió la sonrisa de Ella por su sonrisa irónica.
-¿Yo, a Ella? – Me levantó la ceja izquierda – Ni en sus mejores sueños.
Y se marchó dejándome un poco triste y sorprendido.

A Charlotte no le gusta Mirna, o Ella como se hace llamar.
No es que no le guste, es que no la aguanta.
La odia. Y no le molesta explicarme por qué:
-Oye –la llamé un día - ¿Por qué me dijiste una vez que no te gustaría parecerte a Mirna?
Charlotte se gira y puedo ver como me mira con su expresión de desdén que se suele acentuar dándole una forma curva a sus cejas.
- ¿Por qué me gustaría parecerme a alguien que cada vez que lee el periódico o ve el telediario se entristece tanto hasta el punto de irse a pasar horas muertas a la colina?
-A mi no me parece un defecto. Sólo es muy empática, ¿No?
Charlotte se para y me mira con una mirada extraña.
-Mirna no me gusta porque no parece de este mundo. Siempre está en el suyo, un mundo verde, un mundo azul, lleno de mariposas y de pintura. No me gusta la gente que prefiere ignorar la realidad escapándose a otro lugar donde no le afecte. Es de cobardes.

Me quedo en silencio y la dejo marchar.

Tal vez sea que tú lo aceptas todo demasiado resignada...
Me pregunto de qué conoces a Mirna.
Me pregunto cómo continuará esto...
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Magia en la colina

Un día subo a la colina que le enseñé y veo que Ella está ahí. Está de pie al borde de donde termina el suelo, y varios metros más abajo se encuentra el asfalto con coches que pasan a bastante velocidad.
Ella está con los brazos abiertos. Su chaqueta y su pelo ondean hacia delante porque el viento empuja sus cabellos.

Ella me oye llegar. Ella siempre sabe cuándo estoy y cuándo no.
-¿Nunca has tenido ganas de probar? –me dice. No la oigo, el viento arrastra sus palabras-. ¿¡Nunca has tenido ganas de probar!? –me repite más alto.
-Saltar –su cuerpo se yergue- Volar –flexiona las piernas- Caer –echa la cabeza hacia atrás- La sonrisa de placer antes de chocar contra el suelo en un suicidio –Ella estira las piernas haciendo una amago de saltar. No le veo el rostro, pero sé que está sonriendo.
Tengo miedo de interrumpir este momento mágico. Quiero verla saltar. Quiero verla volar, quiero verla sonreír de placer, pero no quiero verla caer y no quiero verla chocar.
La hierba ondea hacia ella. El viento la empuja.
Ella toma aire y si lo sé es porque su espalda se curva.
Interrumpo ese momento cogiéndola por uno de sus brazos extendidos.
El viento se para. Ya no hay magia en el lugar. Se oyen los coches pasar…
Veo como Ella cierra los ojos y sonríe. Creo que es de decepción…
-Para –digo jadeante. Nunca me había cansado tanto como ahora, nunca había acumulado tanta tensión- ¡Si sigues así te matarás!
Ella me sonríe y me mira con sus ojos apagados y su sonrisa brillante.
-A éste paso me vas a hacer arrepentirme de haberte enseñado este lugar –digo yo preocupado.
-Nunca, nunca –me dice- Te arrepientas de haber hecho algo. Las cosas que están hechas, hechas están. No te vuelvas atrás. No dejes que el pasado te alcance. Salta cuando lo necesites, siempre hacia delante…
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